Historias de Amor
Centro de Formación de la Cooperación Española en Antigua Guatemala
Del 13 de junio al 17 de julio
Artistas: Ismael Álvarez, Aurelio Antona,Teodorico Araújo, Eduardo Arroyo, Jorge Artajo, Javier Arteta, Arturo Bibang, Ramón Borrajo, Xosé Manuel Buxán, David Cantero, Pepe Carretero, Olivier Cerri, Paco Conesa, Czanara, Carmen van den Eynde, Antonio de Felipe, Félix Fernández & Andrés Senra, César Fernández Arias, Tom of Finland, Carlos Forns Bada, José Luis Gómez Merino, Fausto Grossi & Manuel Cuellar, Juan Hidalgo, Derek Jarman, Celso Junior, Marinos Kartikkis, Ralf König, Jordi Labanda, John Weidman y Robert Vogel, LPO, Sean Mackaoui, Máximo, Leila Méndez, Álex Mene, Goh Mishima, Nazario, Vicente Nello, José Manuel Nuevo, Virginia Patrone, Willson Peña, Pablo Pérez-Mínguez, Guillermo Pérez-Villalta, Lucho Piedrahita, Jesús Ramos, Esther Revuelta, Rodrigo, Pablo Sycet, Miguel Trillo, David Trullo, Hilda Vidal, Xavier Villaverde y Alexis W.
Curaduría: Pablo Peinado
Entrada libre
Juan Hidalgo - Beso - 2007 - Fotografía 44 x 42´5 cm.“Nigel Nicolson, el menor de los hijos del matrimonio formado por Vita Sackville-West, la aristócrata que fue amiga de Virginia Woolf, y el diplomático Harold Nicolson, publicó en 1973 Retrato de un matrimonio, y el matrimonio retratado, ciertamente singular, era el formado por sus padres: ambos eran homosexuales, pero se amaron intensamente y tuvieron dos hijos. Bendita rareza conyugal, que ojalá se repita de algún modo -como desmarque de los convencionalismos acumulados por el matrimonio heterosexual a lo largo de los tiempos- en muchos matrimonios de gays y lesbianas.
A estas alturas da apuro recordar que el matrimonio gay es un derecho, no una obligación, y que casarse con alguien del mismo sexo no implica someterse a las leyes no escritas, pero implacables, que con frecuencia gobiernan el matrimonio heterosexual. Por ejemplo, la ley que repudia los matrimonios desiguales.
David Hockney- The Beginning - 1966 - agua forte e agua tinta. En el matrimonio heterosexual, lo frecuente sigue siendo que los ricos se casen con las ricas, los pijos con los pijas, los bien colocados con las bien colocadas, y los jóvenes con las jóvenas, como dicen las feministas radicales. Y también sigue siendo frecuente que, con el tiempo, los ricos, los pijos, los bien colocados y los ya nada jóvenes se echen queridas o queridos económicamente débiles, sin pretensiones de elegancia, trabajadores normales y, por lo general, jovencísimos. ¿Acabará ocurriendo lo mismo en el matrimonio homosexual?
Entre homosexuales -sobre todo, creo, entre los hombres -ha venido siendo de lo más común la pareja, digamos, heterogénea: el rico enamorado de alguien que no lo es, el profesional emparejado con un operario, el tipo culto y refinado que anda ciego de amor o empapado de deseo por un chico o un hombretón de formación limitada y gustos convencionales, el hombre maduro encariñado de un jovencito o un buen mozo, un burgués que ama a un proletario -no sé si tengo que excusarme por la terminología-, el muchacho de familia de más o menos postín que construye una historia sentimental y sexual con un chico de familia tradicionalmente trabajadora o, como se decía antes, humilde. O viceversa. Y a mí eso me parece un rasgo positivo, enriquecedor, incluso revolucionario. ¿Qué pasará cuando las servidumbres clasistas y los prejuicios económicos, culturales, sociales, generacionales del matrimonio heterosexual tradicional empiecen a pesar también sobre el matrimonio homosexual? ¿También entre homosexuales acabarán casándose sólo los ricos con los ricos, los “pijos” con los “pijos”, los cultos con los cultos, los trabajadores con los trabajadores, los maduros con los maduros, y los jóvenes con los jóvenes?
La clandestinidad, la marginalidad, el disimulo o la discreción -virtud irritantemente sobrevalorada por algunos a la hora de admitir el amor homosexual- en que han tenido que vivir hasta no hace mucho las parejas homosexuales favorecían esa ruptura de las fronteras clasistas, culturales, laborales o las que establece la edad. Eso ha sido hermoso. A partir de ahora, cuando al “niño de papá” gay le llegue la hora de casarse y de formar su propia familia, ¿lo hará, por las enraizadas presiones sociales, siempre con otro “niño de papá”? Y cuando el chico gay de clase media o de familia humilde se case, ¿tendrá que hacerlo, por implacable lógica social, con un chico más o menos como él, aunque en realidad esté enamorado de un registrador de la propiedad, y sea correspondido, en secreto, por ese señor? ¿Pasará el registrador de la propiedad a ser el querido del muchacho, como muchas cupletistas de antes eran las queridas de marqueses malcasados o de gobernadores civiles caprichosos? Y en el caso del matrimonio de niños “pijos”, ¿se buscará tarde o temprano alguno de ellos, o los dos, un querido de familia sencilla, como también se decía antes, al que mantendrá, en todos los sentidos de la palabra, en secreto, aunque sea un secreto a voces? Y el muchacho casado con un señor maduro y más o menos bien situado, ¿tendrá que soportar también que le tachen de cazafortunas? Y de un chico con un sueldo normal, casado por amor con un chico rico, ¿se empezará también a decir que ha dado un braguetazo? Sé que estoy exagerando un poco, pero sería muy deplorable que la imitación por nuestra parte de la institución matrimonial heterosexual nos llevase también al clasismo conyugal y a tener que vivir de manera irregular o conflictiva un amor con alguien que no sea de “nuestra clase”, signifique eso lo que signifique. No se trata, que conste, de aguar el legítimo orgullo por la conquista que para todos los homosexuales supone la institución legal del matrimonio gay, pero su representación plástica remite demasiadas veces, con excesiva fidelidad, a los ritos y representaciones de las bodas heterosexuales y sus consecuencias. La verdad, a mí me gustaría escribir algún día el Retrato de otro matrimonio -un matrimonio gay, naturalmente- , un retrato distinto no sólo en el fondo, sino en las formas. Un matrimonio capaz de desmarcarse con claridad de lo peor del matrimonio “de toda la vida”. De lo contrario, a lo mejor me vería obligado a escribir, por ejemplo, una versión gay de Fortunata y Jacinta. Y no me apetece nada, la verdad”.
Eduardo MendicuttiEscritor.